El vuelo de Diego salió a las seis de la mañana.
Se arregló más que para nuestra última cena de aniversario. Camisa de lino, reloj caro, perfume nuevo. Ese perfume que compró justo después de que Valeria volvió a aparecer en su vida.
Entró a la cocina con su maleta y me abrazó.
“Pórtate bien mientras no estoy”, dijo, como si fuera broma.
“Buen viaje.”
“Te escribo cuando llegue.”
Los dos sabíamos que no lo haría.
Besó a Camila en la frente antes de salir. Por un segundo, su cara se suavizó. Vi al padre que pudo haber sido si alguna vez hubiera amado a alguien más que a sí mismo.
Luego cerró la puerta.
Esperé a escuchar el elevador.
Después respiré hondo.
Y empecé.
Lucía llegó a las ocho con café, cajas y una camioneta de mudanza. También trajo a dos primos que no hicieron preguntas. Solo cargaron.
Cuando Camila despertó, le hice hot cakes.
“Hoy no vas a ir a la escuela”, le dije.
Ella abrió los ojos enorme.
“¿Estoy enferma?”
“No, mi amor. Hoy vamos a hacer un cambio grande.”
Me senté junto a ella y le tomé las manos.
“Tu papá y yo vamos a vivir separados por un tiempo. Tú y yo nos vamos a Guadalajara, cerca de la tía Lucía.”
Camila dejó el tenedor.
“¿Hoy?”
“Hoy.”
“¿Es por mi culpa?”
La abracé tan fuerte que sentí que el corazón se me partía.
“No. Nunca. Tú eres lo mejor que me ha pasado. Esto es un problema de adultos.”
Se quedó callada un momento.
“¿Puedo llevar mis peluches?”
“Todos.”
La mudanza fue rápida.
Me llevé la mesa de madera que mi mamá me heredó, los libros que compré antes de casarme, los muebles de Camila, mis planos viejos, documentos, ropa, trastes y fotografías donde todavía podía reconocerme.
Le dejé a Diego su pantalla gigante, su sillón de piel, sus trajes ordenados y la cama donde dormía junto a mí mientras le escribía a otra mujer.
Sobre la barra de la cocina dejé los papeles del divorcio.
Sin nota.
Sin explicación.
No merecía una.
Al mediodía, el departamento parecía hueco. Camila caminó por su cuarto y tocó la pared donde habíamos marcado su estatura cada cumpleaños.
“Me da miedo”, dijo.
“A mí también.”
“Entonces, ¿por qué nos vamos?”
“Porque a veces ser valiente no significa no tener miedo. Significa irte aunque tengas miedo.”
En el aeropuerto, Lucía me abrazó como si quisiera pegarme de nuevo al mundo.
“Cuando aterrices, me llamas.”
“Sí.”
“Estoy orgullosa de ti.”
Eso casi me derrumbó.
Durante el vuelo a Guadalajara, Camila se quedó dormida con la cabeza en mi hombro. Yo miré por la ventana y sentí que ocho años de silencio se desprendían de mí poco a poco.
Cuando conecté el celular al Wi-Fi, vi un mensaje de Claudia.
Documentos entregados en domicilio a las 12:17 p.m.
Adjuntó una foto del sobre sobre la barra de la cocina.
Listo.
Para cuando Diego aterrizara en Los Cabos, tendría alertas de la cámara mostrando la mudanza. Tendría llamadas perdidas. Tendría papeles de divorcio esperándolo en casa.
Y probablemente tendría a Valeria al lado cuando se le borrara la sonrisa.
No lo deseé por venganza.
Lo deseé porque toda mujer merece saber con qué clase de hombre está parada.
Esa noche, ya instaladas en el cuarto de visitas de Lucía, revisé mi celular.
Veintidós llamadas perdidas.
Treinta mensajes.
¿Qué demonios hiciste?
¿Dónde está mi hija?
Esto es secuestro.
Estás loca.
Me vas a pagar esta humillación.
Humillación.
Él estaba en un hotel de lujo con su ex y yo era la que lo humillaba.
Escribí una sola respuesta:
Toda comunicación será por medio de mi abogada.
Después lo bloqueé.
Un minuto más tarde, Valeria me llamó desde su número.
También la bloqueé.
Los primeros días fueron raros. Camila lloraba por las noches. Yo lloraba en la regadera. Pero en las mañanas salíamos a caminar por la colonia, comprábamos pan dulce, buscábamos escuela, armábamos muebles prestados.
El departamento que renté era pequeño, con paredes blancas, piso viejo y una cocina diminuta. Pero tenía ventanas grandes y luz.
Camila lo dijo mejor que nadie:
“Se siente como si aquí pudiéramos respirar.”
A la semana, empecé a trabajar en un despacho de arquitectura. La directora, una mujer llamada Patricia, revisó mis bocetos y dijo:
“Usted no perdió talento, Mariana. Solo dejó de usarlo.”
Me fui al baño a llorar.
No de tristeza.
De rabia por todo lo que había permitido que Diego apagara.
Cinco días después, Claudia llamó.
“Diego regresó antes de Los Cabos.”
“¿Con Valeria?”
“No. Según lo que sabemos, ella se fue primero. Parece que él le dijo que ya estaban separados. Cuando vio los papeles del divorcio, entendió que también le mintió a ella.”
Me senté en la cama.
Esperé sentir satisfacción.
Pero solo sentí cansancio.
“Ahora está amenazando con pedir custodia completa”, añadió Claudia.
El estómago se me cerró.
“¿Puede?”
“Puede intentarlo. Pero tenemos pruebas de que tú eres la cuidadora principal, tenemos sus mensajes, el viaje, los ingresos ocultos y ahora sus amenazas. No respondas nada. Captura todo.”
Y eso hice.
Mensajes de números desconocidos.
Destruiste nuestra familia.
Camila necesita a su padre.
Te voy a dejar sin un peso.
Nadie te va a creer.
Captura. Enviar a Claudia. No contestar.
La mediación fue un infierno. Diego peleó por todo: la casa, las cuentas, la mesa de mi madre, incluso los juguetes de Camila. Pero lo que más le importaba no era recuperar a su hija. Era recuperar control sobre mí.
El juez no compró su actuación.
Meses después, se estableció que Camila viviría conmigo y él la vería fines de semana alternados, bajo condiciones claras. También se ordenó pensión alimenticia y se incluyó el departamento oculto en el reparto de bienes.
La primera entrega fue en una plaza comercial.
Diego llegó ojeroso, más delgado, con una furia mal escondida.
Camila corrió a abrazarlo.
“¡Papá!”
Por ella, me obligué a mantener la calma.
Le entregué su mochila.
“Tiene tarea de ciencias y su medicamento para la alergia. Regresa el domingo a las siete.”
“Sé cuidar a mi hija”, escupió.
“Perfecto.”
Besé a Camila y me fui sin mirar atrás.
El domingo volvió callada.
“¿Cómo te fue?”, pregunté.
“Bien.”
Pero no sonaba bien.
“¿Pasó algo?”
“Papá me preguntó si ya tienes novio. También quería saber dónde trabajas y si la tía Lucía duerme en la casa.”
Sentí fuego en la cara.
“Camila, tú no tienes que responder preguntas sobre mí. Puedes decir: ‘Pregúntale a mi mamá’. Los problemas de adultos no son tu responsabilidad.”
Ella soltó el aire como si hubiera estado cargando una mochila invisible.
“Está bien.”
Esa noche cambié mi foto de perfil. Subí una donde salía sonriendo frente al lago de Chapala, con el cabello suelto y una blusa roja que Diego jamás me habría dejado usar sin comentario.
Cambié mi nombre a Mariana Reyes.
Después bloqueé a todos los que le pasaban información.
Los comentarios empezaron a llegar.
Qué bonita te ves.
Volviste a brillar.
Bienvenida de regreso, Mariana.
Y entonces apareció uno inesperado.
Era de la mamá de Diego.
Camila tiene suerte de tenerte. Yo también estoy avergonzada.
Me quedé mirando la pantalla hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Pero lo peor todavía no había terminado.
PARTE 3