Dos días después, Grupo Ríos celebraría una gala en un hotel de Reforma para anunciar el cierre del contrato más grande de su historia.
Ernesto pensaba subir al escenario como un genio.
Mauricio pensaba brindar como heredero.
Leticia pensaba aparecer en fotos con diamantes.
Pero ninguno sabía que Valeria, con bastón, vendajes y una verdad imposible de esconder, también iba a entrar a ese salón.
Y nadie podía creer lo que estaba a punto de ocurrir cuando la oficial Daniela Cruz pidió el micrófono.
PARTE 2
Valeria llegó al hotel sobre Paseo de la Reforma apoyada en un bastón negro.
Cada paso le ardía en las costillas, pero no se detuvo.
Mariana Solís caminaba a su lado con una carpeta de piel en la mano. Dentro llevaba 6 años de pruebas. No rumores. No quejas. Pruebas.
El salón estaba lleno de empresarios, funcionarios, arquitectos, reporteros y socios extranjeros. En las pantallas se veía el render del proyecto Reforma Norte: una torre mixta con terrazas verdes, captación de agua pluvial y un corredor peatonal que conectaría 3 calles.
Valeria lo conocía mejor que nadie.
Porque ella lo había diseñado.
Ernesto Ríos estaba cerca del escenario, con traje oscuro y sonrisa de revista. Leticia llevaba un vestido color marfil y un collar que parecía más caro que la camioneta donde Valeria casi murió. Mauricio saludaba inversionistas fingiendo seguridad.
The first to see her was a young engineer for the company.
He was pale.
Then Leticia saw her.
Su sonrisa se apagó.
—¿Qué hace ella aquí? —murmuró.
Ernesto siguió la dirección de su mirada y por un instante perdió el control de su rostro. No hubo alivio. No hubo preocupación.
Solo molestia.
Se acercó rápido, tratando de mantener la sonrisa para los invitados.
—Valeria, deberías estar descansando.
—También debería haber tenido un padre en el hospital.
Leticia tomó aire.
—No hagas una escena. Tu papá estaba muy preocupado.
Mariana soltó una risa seca.
—Qué curioso. Su preocupación llegó en forma de correos exigiendo contraseñas.
Ernesto bajó la voz.
—No sabes lo que estás haciendo.
Valeria lo miró directo.
—Sí lo sé. Por primera vez.
Antes de que pudiera responder, las luces bajaron. El maestro de ceremonias subió al escenario y comenzó a hablar sobre visión, familia, futuro y confianza.
Cada palabra sonaba como una burla.
Luego presentó a Ernesto.
El aplauso fue largo.
Ernesto caminó al micrófono con la seguridad de un hombre que jamás había sido contradicho en público.
—Este proyecto —dijo— representa años de trabajo, liderazgo y compromiso familiar.
Valeria apretó el bastón.
Compromiso familiar.
Ernesto continuó:
—Grupo Ríos siempre ha creído que las grandes ciudades se construyen con valores sólidos.
En la primera fila, varios inversionistas asentían.
Mauricio sonreía.
Leticia levantaba la copa.
Entonces una mujer de uniforme entró por un costado del salón.
La oficial Daniela Cruz.
No venía con patrulla ni espectáculo. Caminó tranquila, con una carpeta en la mano y el rostro serio.
El maestro de ceremonias dudó, pero uno de los organizadores le cedió el micrófono porque, según el programa, habría una breve intervención sobre seguridad vial y responsabilidad empresarial.
Ernesto no sabía que Daniela había sido invitada por el propio comité del evento después del accidente del tráiler relacionado con un proveedor del proyecto.
La oficial comenzó hablando del choque en Viaducto.
Sin nombres.
Habló de vehículos pesados, tiempos de respuesta, protocolos de emergencia.